Lamentablemente, esta ola no es sino una cresta apenas visible, y parece haber emergido en nuestras costas arrastrada por una marejada mundial.
Es casi fascinante cómo puede construirse el arquetipo de un Führer a partir de unos pocos elementos -desde una típica y uniforme forma de vestir hasta el confortable sentimiento que da la pertenencia a un determinado, aunque cada vez más circular grupo-, pero sobre todo cuando la palabra ahora sólo es nexo para apartarnos, directriz a la egolatría y creernos que de los sórdidos peldaños moldeados en el pasado pisaremos fuerte, hundiendo a los más débiles y elevándonos en el mismo acto a nosotros mismos. Bueno, esto efectivamente ya ha sacudido las arenas más lastimosas en Honduras, está sucediendo en niveles extremos en Italia... la nieta de Il Duce integrando el parlamento... y en Argentina me provoca escozor comprobar -por sólo citar algunos ejemplos, los nefastos funcionarios de Macri (y él mismo, su flia.), religiosos de las prácticas dictatoriales, a cargo de la policía, las ya legitimadas socialmente patrullas ciudadanas simil Italia, con presencia en muchos pueblos, y ahora sí quiero terminar con la disgresión, los recientes cinistas, pendencieros y jactanciosos cruces de palabras (otra cosa no fueron) escupidos por la clase media y no más valorable que como relleno de ornamento televisivo sobre el inestimable valor de la pena de muerte- nuevamente de que las cruces de la más cruenta dictadura todavía subyacen desde las vísceras mezclado entre resquemor y latente como alternativa, lo cual no necesariamente tiene que involucrar el sistema en absoluto, pues basta ver cómo un elemento puede desencadenar el efecto para convocar a todos los demás. Es que no queremos ponerle nuestro balazo, o de otro modo, las responsabilidades no terminaron de asumirse.
Esto hace temblar una vez más los endebles cimientos sobre los cuales reposa la democracia, que no es más que una fachada para trastocar la base esencialmente injusta cuyo sustento está dado por una mayoría, superpuesta a una minoría que carece de representación. Parece la constante de todas las crisis volver a la derecha o al conservadurismo, es que esto no es más que una fachada encubriendo el sistema monetarista.
Aquí llegamos al entramado de La Ola (Die Welle), película alemana que recrea el experimento llevado a cabo en 1967 por un profesor de historia de una escuela norteamericana, quien en su afán de advertir sobre los peligros de la autocracia termina trasvasando los límites a medida que se convierte en la única fuente y motor para el entusiasmo al quedar sumergido en el propio régimen que ha instituido. Es así que mientras revitalizará la confianza del grupo, en cuanto a sí mismo y para sí mismo, exasperará a la vez de enaltecer a la comunidad, y sobre todo al cautivante líder principio y fin de todo, formando una ola muy difícil de detener su fuerza de arrastre sobre lo demás, pero probablemente tan inestable cuanta sociedad decisiva conozcamos.
Trailer de la película
Es casi fascinante cómo puede construirse el arquetipo de un Führer a partir de unos pocos elementos -desde una típica y uniforme forma de vestir hasta el confortable sentimiento que da la pertenencia a un determinado, aunque cada vez más circular grupo-, pero sobre todo cuando la palabra ahora sólo es nexo para apartarnos, directriz a la egolatría y creernos que de los sórdidos peldaños moldeados en el pasado pisaremos fuerte, hundiendo a los más débiles y elevándonos en el mismo acto a nosotros mismos. Bueno, esto efectivamente ya ha sacudido las arenas más lastimosas en Honduras, está sucediendo en niveles extremos en Italia... la nieta de Il Duce integrando el parlamento... y en Argentina me provoca escozor comprobar -por sólo citar algunos ejemplos, los nefastos funcionarios de Macri (y él mismo, su flia.), religiosos de las prácticas dictatoriales, a cargo de la policía, las ya legitimadas socialmente patrullas ciudadanas simil Italia, con presencia en muchos pueblos, y ahora sí quiero terminar con la disgresión, los recientes cinistas, pendencieros y jactanciosos cruces de palabras (otra cosa no fueron) escupidos por la clase media y no más valorable que como relleno de ornamento televisivo sobre el inestimable valor de la pena de muerte- nuevamente de que las cruces de la más cruenta dictadura todavía subyacen desde las vísceras mezclado entre resquemor y latente como alternativa, lo cual no necesariamente tiene que involucrar el sistema en absoluto, pues basta ver cómo un elemento puede desencadenar el efecto para convocar a todos los demás. Es que no queremos ponerle nuestro balazo, o de otro modo, las responsabilidades no terminaron de asumirse.
Esto hace temblar una vez más los endebles cimientos sobre los cuales reposa la democracia, que no es más que una fachada para trastocar la base esencialmente injusta cuyo sustento está dado por una mayoría, superpuesta a una minoría que carece de representación. Parece la constante de todas las crisis volver a la derecha o al conservadurismo, es que esto no es más que una fachada encubriendo el sistema monetarista.
Aquí llegamos al entramado de La Ola (Die Welle), película alemana que recrea el experimento llevado a cabo en 1967 por un profesor de historia de una escuela norteamericana, quien en su afán de advertir sobre los peligros de la autocracia termina trasvasando los límites a medida que se convierte en la única fuente y motor para el entusiasmo al quedar sumergido en el propio régimen que ha instituido. Es así que mientras revitalizará la confianza del grupo, en cuanto a sí mismo y para sí mismo, exasperará a la vez de enaltecer a la comunidad, y sobre todo al cautivante líder principio y fin de todo, formando una ola muy difícil de detener su fuerza de arrastre sobre lo demás, pero probablemente tan inestable cuanta sociedad decisiva conozcamos.
Trailer de la película
*Tsunami, Indio Solari y los Fundamentalistas del Aire Acondicionado.





